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Pecados Capitales

El club de la lucha

el club de la lucha

Existen películas que han sido creadas para algo más que el simple disfrute. Películas que muestran consigo una realidad y que están impregnadas de un valor social e incluso económico. Este es el caso de “El Club de la Lucha”, película dirigida David Fincher y protagonizada por Edward Norton y Brad Pitt, la cual traspasa el simple drama psicológico y abarca una temática centrada en la Sociedad del Consumo y su influencia en los individuos.

Resumen

Antes de realizar el análisis, es importante tener claro el argumento principal del largometraje. El protagonista es un joven con una vida monótona que gira en torno a su trabajo y a su casa, de la cual cuida hasta el mínimo detalle. Sin embargo no es completamente feliz y se encuentra en una continua lucha por acabar con un insomnio que no le deja dormir. Consigue encontrar la paz desahogándose en clubs de apoyo de personas con todo tipo de problemas y enfermos al borde de la muerte, donde el interés por parte de sus miembros y su dolor logran hacerle sentir mejor. Pero su vida cambia cuando en un viaje de trabajo en avión conoce a un vendedor de jabones con una gran personalidad y carisma del que acabará siendo “íntimo” amigo. Este le muestra su propia visión de la vida en la que el perfeccionismo y el consumo masivo dejan paso a la autodestrucción como forma de canalizar todo tipo de frustración y como medio para la evolución humana, creando con este fin un club de lucha secreto para soltar toda la ira.

Los grandes poderes de convicción de su amigo tienen como resultado un ejército destructivo cuyo objetivo es acabar con cualquier seña de consumo masivo en la sociedad. Pero en el momento en el que la realidad y la imaginación se confunden, cuando se llega a dudar de la propia existencia, lo aparentemente real acaba siendo fruto de la mente: el protagonista y su nuevo amigo son exactamente el mismo individuo. Se trata de un trastorno esquizofrénico y de doble identidad producido en el cerebro del protagonista a causa de la influencia extrema del sistema económico y social denominado Capitalismo.

La avaricia en la sociedad moderna

Sin embargo, esta película va más allá de un problema de insomnio o de un club donde un grupo de hombres se golpean y destrozan hasta decir basta. El Club de la Lucha nos muestra dos conductas totalmente opuestas en relación con el consumo, presentes de forma simultánea en la misma persona. Por un lado, la de Jack, el cual se encuentra completamente inmerso en un consumismo que abarca la totalidad de su monótona vida, y por otro lado,  la de Tyler Durden, el carismático y convincente joven que va en contra del consumo y la publicidad puesto que considera que son la causa y creación de deseos innecesarios que acaban con el propio individuo. Con ello, la película nos sitúa de lleno en la propia Sociedad del Consumo, una sociedad en la que la producción y el consumo masivo se convierten en un hecho social y cultural con un carácter totalitario que implica todas las dimensiones del sujeto. Vivir por y para el consumo, hacer de los objetos y productos parte de nuestra identidad y proyectar esta mediante su exhibición al resto. Con la frase de “antes leíamos pornografía, ahora ojeamos el catálogo del Ikea”, el protagonista muestra la importancia que le da a su casa y a cada elemento que la compone, reflejando de este modo no solo su personalidad y aspiraciones, sino también el carácter de volatilidad y de facilidad de adquisición de estos.

El capitalismo como motor de la avaricia y la soberbia humana

Se trata de una situación de inmersión propia de una sociedad que ha crecido y se ha desarrollado con el consumo como estilo de vida, que ve como algo normal y necesario el hecho de satisfacer una serie de deseos impuestos los cuales están en continuo crecimiento y no tienen fin. Este proceso de búsqueda de la propia identidad coleccionando objetos, desechándolos o cambiándolos por otros diferentes, llega a ocupar la mente del individuo hasta tal punto en que la preocupación por tener una identidad única y estable deja paso a una situación de confusión en la que se pone en cuestión aquella que es verdadera y auténtica. Es por ello que el protagonista de la película adquiere un carácter esquizofrénico y de doble personalidad que muestra de manera metafórica (o quizás no tanto) las consecuencias extremas que puede conllevar el consumo. En él luchan dos posturas completamente opuestas: la que realmente tiene, la identidad y conducta que manifiesta, y aquella a la que aspira o la que pretende llegar a conseguir.

Tyler es concebido por el personaje principal de la historia como el individuo perfecto: un hombre físicamente atractivo, inteligente, fuerte, con éxito entre las mujeres, que hace lo que le plazca, con las ideas claras y que consigue todo lo que quiere o se propone, todas aquellas cualidades impuestas en la sociedad a través de la publicidad, de los famosos y de todos los referentes sociales. Es un individuo que no necesita evolucionar ni transformar su identidad, no se deja influir por aspectos externos y, por tanto, no necesita el consumo como medio para construirse o satisfacer sus deseos. A diferencia de Jack, este no se encuentra cegado por la Sociedad del Consumo, no pretende compararse o superar al resto de individuos mediante la exhibición de los bienes o servicios que posee (proceso denominado emulación), tiene muy claro que la perfección no existe y que los objetos no son un medio para la superación humana.

Tyler vendría a ser esa parte del pensamiento situado en el inconsciente que sale a la luz para pedirle al protagonista que desafíe de manera radical las pautas establecidas y reaccione de una vez por todas, que retome las riendas de su vida y sea consciente de que la autodestrucción física no es lo que realmente acaba con los individuos, sino que una persona puede estar muerta aún estando viva,  y esto es algo que ocurre cuando se deja la identidad en manos de objetos o productos, en manos de este proceso totalizador .Y es que el objetivo principal del consumo no es satisfacer los deseos o necesidades impuestas, sino tal y como afirma Zygmunt Bauman, convertir y volver a convertir, es decir, reconvertir al propio consumidor en un producto más, elevando su categoría a la de un bien vendible. “Lo que posees te acabará poseyendo” y esto es algo que se produce de manera inconsciente en los sujetos, los cuales se despojan de su valor social y pasan a adquirir un valor puramente económico o de mercado.

El consumo, nuestro opresor auto elegido

Lo que el director pretende mostrarnos es una crítica llevada al extremo y con toques de ironía sobre el consumismo y la propia Sociedad del Consumo, así como la influencia que lleva al protagonista a convertirse en lo que es, algo que se puede extrapolar a nuestras vidas. Nos sitúa en un mundo líquido en el que todo es pasajero y se renueva continuamente, incluso la identidad de los sujetos la cual pasa a determinarse por lo tangible.

Todos somos parte del gran engranaje que constituye el consumo y las personas, con todas sus “dimensiones del yo”, se reconstruyen una y otra vez mediante los productos que adquieren. Todo este proceso se da en el personaje principal quien intentará a lo largo de la película acabar con ese modelo de vida y salir de un sistema de superabundancia que gira en torno al consumo, a la perfección, a la belleza, al ser superior que el resto, al tener más, y a otros valores socialmente impuestos que no son representativos de la realidad. Sin embargo, escapar de este sistema no es tarea fácil en una sociedad donde el consumo ocupa todas las dimensiones de nuestra vida: no es un simple intercambio de bienes, es un proceso que incluye sujetos sociales, relaciones sociales y contextos sociales determinados.

Es, por tanto, un hecho socializador y cultural. Con todo esto, la esquizofrenia que sufre el protagonista y el derivado trastorno de doble personalidad son solo una metáfora que muestra las dos posturas o tipos de pensamientos contrarios que conviven en todos los individuos de manera inconsciente, puesto que a día de hoy, el consumo y los aspectos en relación a este son concebidos como algo cotidiano, como un aspecto intrínseco a nuestra vida, y tal y como dice la película: “solo cuando lo perdamos todo, seremos libres de hacer lo que queramos”. Lo realmente triste es que haya que llegar a tal punto para darse cuenta de que no somos todo aquello que compramos, tampoco somos el nivel de renta que tenemos o el salario de nuestro trabajo, no somos identidades resultado de la exhibición de bienes o productos, no somos sujetos perfectos ni tenemos vidas siempre maravillosas, somos sujetos miembros de una sociedad cuyo sistema está acabando con nosotros mismos, con nuestra identidad y nuestra capacidad de elección, nuestros objetivos y deseos reales. Porque, aludiendo a las palabras de Tyler Durden, “nuestra guerra es la guerra espiritual y nuestra gran depresión es nuestra vida”.